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Si alguien le quiso diseñar una pesadilla a Palestino eligió La Florida como escenario. El derrumbe inicial, claro como rápido, tuvo su origen en la particular certeza de Audax para aplicar sus fórmulas en terreno “esponjoso” y dejar el partido con una diferencia de tres goles que eran casi un banquete para los verdes.
En ese lapso decisivo para toda la historia, Audax tuvo como fundamentos especiales la energía de Andrés Bayas para llenar el lateral lateral derecho, el juego aéreo y sentido colectivo de Arturo Norambuena y la eficacia de José Luis Díaz en el área.
Ellos lideraron un equipo combativo que comprendió tempranamente el estilo agresivo que más se adecuaba a la realidad del césped.
Llamativamente, los mejores dividendos se generaron en la búsqueda con centros a Norambuena, presente en la gestión de dos goles y derribado en el penal. La suma de esos factores destruyó la línea defensiva de Palestino, esta vez intentando con cuatro hombres obviamente modificada después a la luz de los hechos.
Incluso pudo ser más grave para la visita porque Gabriel Manzini anduvo cerca del cuarto y aunque menos frecuentes, las llegadas de Audax herían siempre. Y atrás, a despecho de la presión que empezó a ejercer Palestinom un bloque ahora con José Calderón de líbero protegía bien al resuelto arquero Carlos San Martín.
Ya en el segundo periodo hubo que valorar la reacción tricolor cimentada en una mayor vehemencia en la marca -a veces excesiva como en el foul de Andrés Rojas a Norambuena- y la flexibilidad para cambiar el esquema (entró Leonel Herrera por el zaguero Fernando Cáderas y después Marcelo Ledesma pasó de último hombre a volante). Igualmente resaltaron a Miguel Castillo (jugando con gran espíritu) y Jaime Valdés con sus arranques. Entre ellos armaron la jugada del descuento y ayudaron a un juego más cohesionado.
Audax sólo se quedó en la promesa del contraataque que insinuó con el ingreso de Carlos Reyes, aguantó con firmeza en el fondo y le sacó brillo a su cuenta de ahorro.
Como venía de recibir cinco goles en Rancagua y el adversario seguía vivo, prefirió no dar muchas licencias y capitalizar estos puntos. La suya, en términos rotundos, fue una obra de ataque “anfibio” que le abre nuevas expectativas a sus fieles.